Ha sonado el timbre. Las dos hemos salido corriendo. Durante la carrera, he lanzado la mitad de mi bocadillo interminable a la papelera. Ha caído dentro. Me he relamido y he metido la mano en el bolsillo para evitar que el trozo de diente se saliera con tanta prisa.
Sé a lo que se refiere Aurora. Pero no lo quiero dar a entender. Sé que lo que pretende es que le dé mi diente a Lupe para que el Ratoncito Pérez le traiga un regalo en condiciones. Pero mi diente es mío, mío y de nadie más, y el pedacito, de Lupe: su pedacito.
Hemos entrado en clase y nos hemos sentado en nuestras respectivas sillas. Doña Teresa ha entrado por la puerta con un gesto serio. Un murmullo ascendente ha recorrido toda la clase hasta que doña Teresa ha dejado caer sus libros de Ciencias Naturales encima de su mesa, momento en el que el silencio nos ha rodeado a todos. Antes de empezar a dar la clase, se ha dirigido a nosotros con una voz seria y profunda, poco habitual en ella, y con un toque de teatralidad imposible de descifrar para oyentes aún con dientes de leche, y nos ha dicho:
- Niños, vuestra compañera Lupe sigue en el Hospital. Todavía no tenemos ninguna noticia más, así que en el momento en que sepamos algo más, os lo haremos saber.
Todos nos hemos quedado callados con graves expresiones de seriedad infantil coronando nuestros babis mientras intentamos asimilar que aquel balonazo ha sido más grave de lo que en un principio parecía. He metido mi mano de niña en el bolsillo del babi y he acariciado el pedacito de diente de Lupe. De repente, una inmensa tristeza se ha apoderado de mi gesto y he empezado a considerar la oferta tácita de Aurora. Quizá lo mejor es darle mi diente para que el Ratoncito Pérez le traiga el regalo que se merece. Después de todo, a nadie le gustan los hospitales ni los médicos, a no ser que se trate de tu día de suerte y te den una piruleta, una de esas de fresa, de las originarias, porque las posteriores con más sabores no tienen la misma personalidad cítrica y azucarada.
-Pobre Lupe –me ha susurrado Aurora al oído, mientras yo me planteo la posibilidad de darle mi diente.
-Sí, pobre… –he respondido.
Aunque si lo pienso en frío, no entiendo por qué tengo que dar un diente a alguien que se ha limitado a ofrecerme sus esperpénticos gestos obscenos y a obsesionarme con aquellas ganas terribles de enseñarme su culo...
Los profesores responsables de las demás asignaturas de la jornada escolar, han pasado por la tarima casi de puntillas, sin que apenas pudiera asimilar los nuevos conceptos convertidos en trazos de tiza que han desfilado ante mí durante las horas siguientes. Sólo puedo pensar en Lupe y en su diente. Incluso, a veces, ronda por mi mente el asunto de su culo, aunque de forma huidiza y más bien secundaria.
Aquel mediodía, el suceso ha llegado a oídos de todos en el comedor escolar. De todos los babis azules, al menos, puesto que los verdes tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos que el pedazo de diente extirpado en el gimnasio aquella mañana. Las horas han pasando y todos nos hemos preguntando qué le estará sucediendo a la desdichada Lupe en aquel inmenso hospital repleto de personajes de pesadilla y olor a desinfectante.
La última clase ha dado comienzo por fin. Mi cabeza sigue removiendo las mismas ideas, las mismas imágenes, los mismos datos: una niña con medio diente y mocos sobre los labios, un hospital de pasillos inmensos y médicos con jeringuillas, el Ratoncito Pérez en su base de operaciones, mi diente perfecto y blanco, un culo…
Por un momento, me he permitido pensar en él, sólo en el culo de Lupe. No he podido evitar imaginarlo como un chicle Boom usado, de color rosáceo, pero muy masticado. Sin forma precisa y con unas curvas algo libidinosas para una niña tan pequeña como Lupe. En mi mente, el culo de chicle ha comenzado a ser masticado por una boca invisible que lo deja cada vez más desinflado y deforme, de modo que lo que en un principio puede haber atesorado la intriga y la atracción de lo oculto y prohibido, de pronto ha comenzado a adquirir matices de enfermedad, tragedia y duelo.
El timbre que anuncia la salida del colegio se ha perdido entre el griterío anterior al correteo habitual y al sonido de libros dentro de las carteras. Yo he permanecido con la mirada perdida en la inmensidad verde caqui de la pizarra, sobre la que mi imaginación sigue dando vueltas a aquella imagen absurda del culo elástico y rosa lleno de huellas de dientes. Un leve codazo silencioso de Aurora me ha hecho reaccionar y posar de nuevo las deportivas con lazos desiguales en el suelo de lo real. Es hora de volver a casa, así que yo también he comenzado a llenar mi cartera con silueta de palmípedo. Apenas recuerdo nada de la última clase. He empleado una enorme parte del tiempo en pensar, en buscar una solución, en darle vueltas al trocito de diente de Lupe dentro del bolsillo de mi babi y en emprender a una nueva estrategia que sustituyera la peligrosa opción de cederle mi amuleto, el que aún yace bajo la almohada de mi cama azul, a mi malograda compañera de clase.
De camino a casa, Aurora y yo apenas hemos hablado del tema. Es como si ella, después de haber dejado caer su idea, quiere concederme tiempo para que la medite, consciente de que se trata de un sacrificio que cualquiera no está dispuesto a llevar a cabo. Hemos charlado de otros temas, de cosas banales, de asuntos sin importancia o, al menos, de menor trascendencia que todo aquel enredo del dichoso diente de leche seccionado para siempre. Hemos hablado de otras niñas de clase, de nuestros propósitos para el verano, incluso de aquel tesoro que habíamos escondido meses atrás entre unas rocas, cerca de un depósito de agua del pueblo con inexplicable forma de biberón. Aquellos habrían sido asuntos importantes, de no ser porque sobre nosotras flotaba un recuerdo, una responsabilidad, un plan futuro. Y todo, por un diente. Ni siquiera un diente entero, sólo un trozo. Un diente y una niña. Un culo. Un CULO GRATIS. Y un Ratoncito Pérez que aún no tenía claro si incluir a Lupe y a su culo, ahora casi enfermo, en su lista de agraciados.
Hemos bajado del autobús y hemos iniciado, en silencio, el camino hasta casa. He dejado a Aurora en su puerta y nos hemos despedido con las palabras de siempre. Es todo un ritual:
- Y cómete todos los macarrones, no dejes ni uno –me ha dicho ella, por vez número dos millones.
- Y tú todos los guisantes con jamón.
Esta es nuestra despedida desde que, una vez, al poco de conocernos, Aurora utilizó la frase de los macarrones como una broma más, justo el día que mi madre había preparado una enorme cazuela de macarrones con tomate para comer. Ella lo soltó así, al azar, como hacía tantas veces (no siempre pensaba tanto las cosas) y, por alguna razón, acertó. Lo mismo me sucedió a mí en el caso de los guisantes con jamón porque, ese día, a Aurora le esperaba ese menú sobre la mesa. Estuvimos semanas riendo al recordar la coincidencia y, sin un acuerdo previo, la despedida quedó institucionalizada para ambas, independientemente del contenido de nuestros platos y de la hora del día o de la noche en que nuestro adiós tuviera lugar...