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Terra
La Coctelera

Doña Amparito y «El club de las brujas atónitas»

Hemos entrado corriendo en clase y nos hemos encontrado con una desagradable sorpresa: Doña Amparito estaba junto a la pizarra y se disponía a decirnos alguna cosa. Nos hemos sentado en nuestro sitio sin apenas respirar para no llamar su atención:

—Vuestro profesor no ha podido venir, está malo. Así que vengo yo. Haced lo que tengáis que hacer.

Acto seguido empezó a pasearse por la clase sorteando los pupitres con un orden que desconcertaba y asustaba a la vez. Con sus pasos marcados por su mal genio y por su bigote incipiente. Aurora y yo nos hemos mirado y hemos sacado, con una rapidez vertiginosa, el cuaderno de mates para acabar los problemas que se nos habían quedado por resolver.

 

Doña Amparito se caracterizaba por su mal carácter y por su entrecejo fruncido, por su pequeñez y por lo encrespado de su pelo y de su voz. Todo, absolutamente todo le molestaba: si te sentabas, porque te sentabas, si estabas de pie, porque estabas de pie, si sacabas punta al lápiz, porque sacabas punta al lápiz, si escribías vaca con b o burro con v, porque escribías vaca con b o burro con v, así hasta el infinito elevado a lo sublime. Refunfuñaba por cada cosa que hacías y lo peor de todo era que sus gritos se oían desde miles de calles más allá. Doña Amparito aparecía cuando el profesor que tenía que venir estaba malo. Y como ella era mala, pues venía en su lugar. Esta era una de nuestras teorías —de Aurora y mía, claro—, además de que pertenecía a «El club de las bujas atónitas». Ella lo presidía, sin duda. Doña Amparito y las cuatro maestras que pertenecían a «El club de las brujas atónitas» era un corpúsculo ensordecedor. Sabías por donde estaban porque se escuchaban sus sonidos chirriantes de voz a gran distancia. Eso nos servía para localizarlas y coger atajos para no encontrarnos con ellas. Odiaban a los niños. Siempre nos hemos preguntado por qué eligieron esta profesión, si no les gustaban los niños. Tenían un código secreto —todavía hoy no lo hemos podido demostrar, pero sabemos de su existencia—. Cuando algún tema les interesaba se notaba por dos motivos: lo comentaban entre murmullos silbantes, además de que al acercarnos a ellas, callaban con un disimulo poco disimulado. Y así surgió el juego de «bajar el volumen», lo bajábamos voluntariamente aproximándonos a ellas una y otra vez para que callaran y empezaran a hablar, de nuevo, cuando estábamos a una distancia prudencial —siempre según su criterio, porque no sabían que nosotras las escuchábamos de todos modos—; y el otro motivo era que no dejaban de decir una y otra vez, alternando entre ellas, con una cara de rutinaria sorpresa y con un tono alargaaaaaaado «¡m e   d e j a s   a t ó n i t a!» ...

 

Aurora y yo hemos estado toda la clase haciendo los problemas de mate sin rechistar. Nos hemos pasado alguna nota sin que Doña Amparito se diera cuenta. Pero lo que más me ha incomodado es que Aurora ha insistido mucho en querer averiguar quién es el que le ha escrito esa misiva furtiva con un corazón hortera. ¿Por qué le habrá entrado ahora ese interés por los corazones horteras?...

 

El hombre que no se tiraba pedos

Suavemente, Aurora ha sacado de la bota un papel doblado hasta la saciedad. Lo ha empezado a desdoblar con un nerviosismo impropio de ella. Se la veía angustiada y sus dedillos pequeñitos temblaban mientras desdoblaban aquella ingente masa de papel. Yo la he mirado varias veces a los ojos porque no entendía el por qué de aquella extraña excitación, hasta que el papel ha quedado completamente liberado.

-Mira, lee -me ha insistido Aurora.

He cogido el papel y he leído:

«Estoy locamente enamorado de ti desde hace un tiempo, pero no me atrevo a decírtelo en persona». Debajo de estas palabras había el dibujo de dos niños, bueno de un niño y una niña -que se suponía que era Aurora, aunque no se le parecía en nada-, rodeados por un inmenso corazón hortera.

He levantado la mirada y he visto a una Aurora emocionada y acechante de mi reacción. He intentado tranquilizarme pero me ha espetado:

-Bueno ¿qué?, ¿qué me dices al respecto?...

-Pues no sé Auro...

-¿Cómo que no sabes? ¿Tendremos que averiguar quién es, no? ¿Qué sentido tiene pues?

De repente nos ha interrumpido Eliseo, alias “el mierdecilla”

-¡Eh, vosotras! ¿Qué carajo estáis haciendo ahí? ¡Hala, a clase, vega!

Las dos hemos salido escopetadas e impresionadas porque nos habían descubierto y lo peor de todo era que no nos habíamos dado cuenta de ello...

Eliseo “el mierdecilla” era el conserje. Vivía en una casa pegada al edificio del colegio, pequeña y muy fea. Tan fea casi como él; siempre se le había conocido como “el mierdecilla” por lo canijo de aspecto físico, aunque algunos pensaban que se hacía un juego de palabras con su apellido: Munilla. La verdad era que si a todo eso se le añadía la mala leche que tenía con los niños, pues el conjunto rayaba en la perfección.

Los más pequeños le teníamos verdadero pánico y cuando lo veíamos que se nos acercaba, intentábamos hacer cosas diferentes a las que estábamos haciendo hasta ese preciso momento, incluso, a veces, Aurora y yo desaparecíamos sin más. Sin embargo, con los mayores parecía algo distinto, les dedicaba palabras aparentemente amables -porque los mayores se reían-, no era tan tajante y tan asquerosamente altivo...

Se decían muchas cosas sobre “el mierdecilla”, como que antes de ser conserje había estado viviendo en Alemania y se había casado con una mujer muy guapa y elegante, que tras su paso, dejaba a la gente con la boca abierta de admiración y después, al verle a él, le entraba la risa y no entendían cómo semejante bellezón se había casado con semejante... mierdecilla...

También se decía que habían tenido dos hijas mellizas, una que se parecía a Ruth, su mujer, y otra que se parecía a Eliseo, “el mierdecilla”. Desgraciadamente las tres murieron en un trágico accidente de tráfico en las carreteras germanas y, Eliseo, regresó a España con el alma delicada y enfermo del corazón.

Jamás se ha sabido si esta historia que se ha contado del “mierdecilla” ha sido verdad, pero los profesores siempre lo han tratado con un cariño y con una ternura que nosotros nunca jamás hemos entendido... Porque... ¿cómo se puede ser tan amable con alguien que nunca nos muestra la más mínima consideración? ¿Cómo mostrar cariño a alguien que siempre va refunfuñando si le pedimos fotocopias del DNI o vamos a pedir que nos devuelva el balón de fútbol, o a pedirle que nos abra el gimnasio? ...

Aurora y yo teníamos nuestra propia teoría: Eliseo Munilla, alias “el mierdecilla” no se tiraba pedos.

El ladrón de columpios y "gustarle a alguien"

Cuando he traspasado las puertas naranjas con rejas del colegio, una única cosa ha llamado mi atención: uno de los columpios nuevos, de los que han puesto hace a penas una semana, estaba libre. Se movía de forma muy suave, como si aún conservara una pizca de la energía con la que quizá se había estado balanceando hasta hacía unos instantes. He sentido que esta mañana, el lunes me recibía en el patio del colegio con una gran sonrisa en forma de columpio insinuante que, con su ligero vaivén, me decía susurrante: “acércate, pequeña, hoy seré tuyo”. Nunca había podido probar los columpios nuevos, básicamente porque siempre están tan atestados de niños y niñas deseosos por sentir su magia y su olor a madera nueva que nunca he conseguido ni tan siquiera notar en mis manos el frío mágico de sus cadenas de eslabones plateados. Por eso, la imagen de uno de esos columpios desiertos me ha arrancado una sonrisa y, sin pararme a pensar, he echado a correr en dirección a tan preciado tesoro.

Sentía mi cartera-pato botar en mi espalda y notaba cómo el olor a suavizante azul volaba a mi alrededor y se iba quedando atrás poco a poco, incapaz de mantener mi ritmo. Cuando sólo quedaban dos pasos para que mi falda tableada pudiera rozar el asiento de madera impoluta, un niño que no había visto antes se ha deslizado ante mis ojos, ha girado la cadera estratégica, aunque exageradamente, y ha puesto su culo delgaducho y lleno de tierra en el columpio que, sólo unos segundos atrás, me había dado aquella maravillosa bienvenida.

Me he parado en seco y mi pato-cartera también. He sentido el pequeño golpe de los libros, la regla larga y el estuche en mi espalda, como si el mundo me quisiera decir “tranquila, otra vez será”. Pero la palmadita de ánimo no ha logrado pararme y, mientras mis propias palabras me sorprendían al tomar forma, el niño desconocido ha comenzado a columpiarse hacia delante y hacia atrás a un ritmo vertiginoso, casi enfermizo.
–¡Yo lo había visto primero, niño imbécil! –he gritado, sin poderme contener.
Él ha comenzado a reír teatralmente y, mientras aumentaba el ritmo de su movimiento incansable, me ha espetado:
–Pues te callas y te aguantas, porque yo lo he cogido antes que tú.
Aurora ha aparecido a mi espalda. Ni siquiera me he girado para decirle hola, pero he oído cómo me preguntaba qué ocurría y me susurraba algo sobre Lupe. No me ha importado. Nada me importaba más en ese momento que aquella injusticia en forma de niño nunca visto hasta el momento con cartera vaquera llena de agujeros.
–¡Pues te callas tú, cara de mocos! ¡Que hueles mal y en tu casa no se lavan! ¡Y ojalá se rompa el columpio y, del tortazo que te des, se te caigan esos dientes pochos que tienes!
El niño se ha limitado a reír de manera excesiva e insoportable y a decir estupideces como “este columpio es mío”, “soy el marqués de los columpios” o “este columpio sólo es para niños, las niñas tontas no pueden usarlo”. Un tirón en mi pato-cartera me ha hecho volver a la realidad y he girado el rostro hacia Aurora.
–Vamos, déjalo –me ha dicho.
Y juntas hemos iniciado la marcha hacia la puerta de entrada a las aulas. Con el chirrido leve de los columpios como fondo y los gritos desgarrados del niño de los dientes negros, Aurora me ha contado varias cosas importantes.
–No hables con ese, que está sin civilizar –ha comenzado a explicarme.
–¿Y eso qué quiere decir?
–Pues eso, que es como los animales salvajes.
–Está sucio y tiene la cartera toda rota…
–Sí, y huele a pis, como todos sus hermanos –me ha contado.
–¡Puag… qué asco!
–Es que vive en una chabola.
–¿Y eso qué es?
–Una casa hecha polvo, como una caseta o algo así, no sé… me lo ha dicho mi madre. Ha venido de un pueblucho con cagadas de vaca por la calle y gente cateta al por mayor.
–Pues es un imbécil. Me ha quitado el columpio.
Aurora no ha comprendido bien mi indignación y ha preferido pasar a otro tema.
–¿Sabes que hoy ha venido Lupe? –me ha susurrado.
Me he quedado callada. Ella me ha mirado fijamente esperando una respuesta que no he sabido darle. Ante mi silencio, Aurora me ha llevado hacia un rincón, ha mirado a su alrededor para asegurarse de que nadie nos espiaba, y ha cambiado una vez más de tema:
–Ah, y otra cosa… Me han dado un anónimo.
–¿Un qué? –he dicho en voz baja, sin entender nada.
–Le gusto a alguien –me ha revelado.

El autobús con olor azul

Los lunes huelen distintos. Todo parece distinto los lunes de cada semana recién estrenada. El color del cielo no tiene el mismo azul que el día anterior. El peinado de la tía Sole tampoco tiene la misma forma impoluta y reluciente los lunes. A la tía Sole siempre la encontramos barriendo la acera los lunes por la mañana cuando vamos de camino a la parada del autobús. Es curioso, pero el resto de los días no barre, al menos a la misma hora en que nosotros nos dirigimos al cole.

Los lunes, las calles están relucientes porque el camión de riego pasa. Todo parece empezar los lunes. Así que los lunes huelen a nuevo. Todo huele a nuevo menos el autobús. Bueno, miento, el autobús huele también a nuevo, pero además huele a suavizante de la ropa. Huele al mismo Vernel Azul que mi madre utiliza para aromatizar y suavizar la ropa. Todos, los lunes, llevamos impregnadas nuestras ropas del olor azul del suavizante. A mí me gusta, pero con la saturación del autobús de los lunes, me parece como si los pelillos de la nariz encogieran no queriendo oler más a azul suavizante. A azul suavizante de lunes. Definitivamente lo que caracteriza a los lunes es el olor a suavizante del autobús.

Habitualmente los lunes hay mucha gente en el autobús y en las paradas. Quizá la gente duerme un poquito más los lunes y opta por el transporte público y por eso hay tanta masificación. O Quizá no. Simplemente lo hacen para que yo pueda saturarme del azul vernel. Nuestro subconsciente ya tiene asumido que los lunes es imposible encontrar algún asiento vacío en el que poder sentarse. Pero este lunes en particular, lunes que huele más que nunca, lo hemos encontrado y mi hermana mayor y yo lo hemos compartido. Cuando observo a la gente lo normal es que la mayoría tenga la mirada perdida en el infinito más sublime que cada uno pueda encontrar. A mí me gusta observar especialmente el movimiento conjunto de los cuerpos cuando el autobús da alguna curva con un poco más de velocidad de la permitida. Ese balanceo único. Ese balanceo que te sacude y te hace mover ligeramente de un lado a otro. De repente todos pareemos despertar del letargo lunático que nos atrapa el lunes. En el asiento de delante está sentado un señor mayor con el pelo canoso y calvo, de aspecto simpático y con una nariz tan grande que he pensado que me libraría de todo aquel pestilente olor a suavizante. Me ha llamado la atención porque le ha susurrado al oído a la mujer que estaba sentada a su lado:

- Todavía no quiero hacer adobes con el cogote...

La mujer ha soltado un pequeña carcajada a través de su pequeña boca. No he entendido nada de aquella frase, pero algo gracioso ha tenido que ser. Al instante el autobús se ha detenido, ha abierto sus puestas y he podido liberarme del saturante y atrancado olor de los lunes.

La venganza se sirve... ¿Dentista?

Al instante, una risita malvada ha iluminado mis labios: mi plan de venganza ya estaba en marcha. Me he levantado de un brinco de mi cama azul niño y he entrado muy despacio en la habitación de mi hermano, sin hacer ruido para que nadie sospechara. Mi padre estaba a punto de llegar del trabajo, así que tenía que actuar con rapidez y exactitud. He echado un vistazo por todo el cuarto buscando la víctima de mi dulce venganza y ahí estaba, mirándome fijamente sin pestañear y alardeando de una vestimenta militar de camuflaje. Nada que ver con el mono verde que tenía el mío. Me he dirigido hacia él sigilosamente y lo he cogido de un brazo con cierto desprecio. He salido por donde había entrado y me he deslizado hasta mi habitación.

Para llevar a cabo mi venganza, antes debía pasar por el lavabo. En primer lugar, para eliminar la orina que la emoción y los nervios habían ido acumulando en mi vejiga sin previo aviso y, en segundo, para conseguir el arma con la que pondría el broche dorado a mi hazaña.

He salido del lavabo y me he dirigido hacia mi habitación como si nada estuviera tramando. He sonreído furtivamente, he cogido el Geyper Man de mi hermano, le he pasado la maquinilla de afeitar Gillette de mi padre por esa barba tan preciada para todos y le he quitado la mitad de un tajo. He sonreído de satisfacción y he vuelto al lavabo a dejar en su sitio el instrumento cómplice de mi venganza. He regresado a mi habitación, he cogido el muñeco y he asomado la cabeza hacia el pasillo para ver si había alguien que me pudiera ver. El terreno estaba despejado. He entrado de nuevo en el fuerte de mi hermano y he intentado colocar el Geyper Man en su posición original pero, esta vez, sin un trozo de barba de la parte derecha de la cara de plástico. Yo sabía que, en casos como aquel, tenía que dejar las cosas tal y como las encontraba porque, si no, era fácil que me descubrieran. Mis trabajos de venganza solían ser bastante más limpios que los de mis hermanos, que siempre presentaban algún odioso matiz de descaro y libertinaje. Y si alguno de ellos intentaba mancillar el universo de mi habitación con cama azul, ya podía prepararse, porque era capaz de demostrar ante el tribunal formado por mis padres todas y cada una de las pruebas que lo inculpaban. Mi cuarto estaba lleno de pequeñas trampas secretas que me permitían saber cuándo alguien se atrevía a hurgar en mis cosas.

He cerrado detrás de mí la puerta y me he dirigido al a cocina, donde me esperaba un bocadillo de miel, pasas y cacahuetes para merendar. Me he bebido el vaso de leche que mi madre había colocado junto a él, he cogido el bocata y he vuelto a mi habitación para intentar concentrarme en mis deberes sin que todo aquel lío de Lupe me diera mucho la vara.

El tiempo ha volado a toda prisa y, cuando estaba terminando el último ejercicio de sumas y restas, mi madre nos ha llamado a todos para cenar. He llegado hasta el comedor, donde ya nos esperaba a todos la enorme cazuela de judías verdes. Pero mi primera misión ya había sido resuelta a primera hora de la tarde. Una ligera mueca de satisfacción asomaba por mi cara de niña, completamente envuelta por el vapor salado y tibio que emanaba del perol blanco decorado con una greca hecha a partir de dibujos de verduras y hortalizas, rebosante de judías.

Mis hermanos y yo hemos comido las odiosas verduras a regañadientes y en absoluto silencio. Como en otras ocasiones, se ha puesto en marcha una competición tácita que tendría por vencedor al primero de todos nosotros que lograse dar fin a semejante tortura para el paladar. No importaba el nivel de masticación al que las judías fueran sometidas, sólo tenía relevancia el tiempo empleado en hacer desaparecer la comida del plato. Yo no era especialmente virtuosa en aquel tipo de concursos, y sabía que quedar la última llevaría consigo burlas inminentes, pero cada vez que miraba mi plato con cosas verdes recordaba el Geyper Man de mi hermano vestido de aquellos mismos tonos y semi afeitado. Regodearme en mi plan perfecto en sí mismo era una recompensa que multiplicaba al menos por cuatro la velocidad a la que las judías desaparecían de mi boca pequeña y sin un diente...

Mi hermano había pasado por su habitación antes de sentarse a la mesa, probablemente, para dejar en ella eso tan importante que su amigo Tigretón tenía que darle a toda costa. Pero la visita a su cuarto tras la reunión con su amigo de líos, juegos y peleas había sido de apenas unos segundos, únicamente el tiempo suficiente para esconder en la habitación una parte de lo que en aquella ocasión se traían entre manos. No había reparado en su Geyper Man. No había percibido cambio alguno en su fisonomía. Nada extraño le había llamado la atención en su cuarto ni en su muñeco. Y mientras, la victoria seguía transformando el sabor de las judías entre mis dientes de leche, los pocos nuevos que ya tenía, y mi lengua deseosa de terminar el plato de trocitos verdezuelos. Pero otra vez volvió a ganar mi hermano, que ha corrido a la nevera para hacerse con el único Dalky de fresa que quedaba, no sin antes abrir su boca con la última cucharada de comida medio masticada en su interior en un pase exclusivo para mí.

Mientras quitábamos la mesa, he escuchado a mis hermanas cuchichear algo entre ellas y después han soltado una leve risita. Sabía que algo había pasado entre una de ellas y alguien más. Continué como si no hubiera pasado nada y, al ver que se metían en su habitación compartida y cerraban la puerta sigilosamente, las seguí con esa atenta mirada que al parecer delataba cuándo estaba dispuesta a lo que fuera por averiguar un secreto ajeno. Me he acercado hasta la puerta, y he pegado el oído en la superficie de madera. He podido escuchar cómo mi hermana Elvira describía alborozada las nuevas sensaciones que había experimentado al rozar su mano con la mano de Luisete. Acababa de cambiar de nombre. De Luis pasaba a ser Luisete y eso me olía mal, casi tanto como los pies del dichoso “Luisete”. No sé por qué motivo odiaba tanto a ese melenas rubias que se las llevaba a todas de calle. Lo odiaba y punto. Mi entrecejo tomaba una forma extraña cada vez que escuchaba su nombre retumbar en los labios de mi hermana Elvira. Me he tranquilizado y he seguido escuchando...

- Además, le gusto, me lo ha confesado – ha espetado mi hermana Elvira con un tono de voz algo peculiar.

- Menos mal que ya se ha declarado...-ha contestado mi hermana Angustias con cierta desgana.

- Sí, y ¿sabes qué?, su padre es dentista...

- ¿El padre de Luisete es dentista? –ha exclamado mi hermana mayor-. Vaya, seguro que gana mucho dinero. Más que papá...

¿Dentista? Esa palabra ha retumbado en mis oídos como el milagro que Aurora y yo esperábamos para solucionar el problema de Lupe. Quizás aquello me libraría de donar mi amuleto de leche a favor de la dueña del culo más contemplado de la clase. DENTISTA. Esa noticia se la tenía que contar a Aurora cuanto antes.

Esa misma noche he tenido una pesadilla que no parecía terminar. He soñado que Lupe volvía al colegio después de salir del hospital, donde le habían vendado toda la cara a consecuencia del fuerte golpe propinado por Paco Madrid. Venía muy contenta y no paraba de dar saltos de alegría y de contarnos las maravillas de aquella clínica tan estupenda. Traía una mochila nueva que le habían regalado los doctores y una enorme bolsa de plástico llena de chicles de fresa. Orgullosa de su premio, comenzó a repartir chicles para todos y, cuando llegó mi turno, me di cuenta de que el paquete estaba lleno de chicles masticados que todo el mundo comía de forma obsesiva. Incluso muchos de ellos se los tragaban y le suplicaban a Lupe una ración más de aquella golosina tan adictiva. Nadie parecía darse cuenta de que los chicles ya habían sido mascados previamente. Ni siquiera Aurora, que tenía un puñado gigante del que se empeñaba en que comiera. De pronto Lupe se volvió hacia mí. Ya no tenía vendas en la cara, pero sí un horrible rostro parecido al del pobre gato aplastado en plena calle que el “Jardinero Asesino” había hecho desaparecer del pavimento el día anterior. Miré a mi alrededor y vi cómo todos mis compañeros de clase estaban empezando a perder los dientes por culpa de aquellos chicles asesinos. Lupe me observó fijamente y me dijo en voz baja, mientras acercaba una enorme bola de chicle ensalivado hasta mis labios:

- ¿No quieres probar uno? Venga… pero si son GRATIS.

Eché a correr por el colegio seguida de Lupe, que me persiguió durante toda la noche. Yo corría y corría sin mirar atrás, pero sabía que ella estaba allí, a escasa distancia de mí, con su chicle fulminador de dientes y, probablemente, con el culo al aire sólo para mí...


El Séptimo de Caballería...Rosa...Como la Pantera...

Mi hermano estaba en su cuarto jugando con el séptimo de caballería, para variar. Lo he visto porque la puerta de su habitación, contigua a la mía, estaba entornada. He dejado mi pato-cartera encima de mi cama azul y he salido corriendo en dirección a la cocina. Mi madre, con el impoluto delantal puesto y su pelo moreno recogido con una horquilla, me ha dicho:

-Has llegado más tarde que tus hermanos.

-Ya lo sé mamá, he venido andando con Aurora.

-Bueno, no pasa nada, pero para la próxima vez intenta venir antes, que me dejas preocupada. Hay judías verdes para cenar, ¿te apetecen? ¿Qué quieres para merendar?

He levantado los hombros como indicándole a mi madre que no me apetecía nada en particular. Ella sabe que las judías verdes no son el plato preferido de ninguno de sus hijos, así que, como suele hacer para convencernos de semejante plan culinario, ha comprado algunos pastelitos para la merienda, a modo de recompensa previa. Sólo quedan dos, un Phosquitos y una Pantera Rosa. Es evidente que dos de mis hermanos ya se han saciado con sendas delicias de bollería empaquetada y que somos los otros dos los que quedamos por recibir nuestro dulce obsequio. Mi hermana Elvira, la segunda, ha entrado moviendo las caderas de forma extraña mientras canturrea “... quisiera ser un águila real... para poder volar cerca del sol... y conseguirte las estrellas y la luna y ponerlas a tus pies, oh, mi amor”. Ha girado un par de veces sobre sí misma delante de mi cara de sorpresa e incomprensión y me ha llenado la nariz un ligero aroma a colonia Fa, que mi madre compra a granel en la tienda de Paquita. Elvira aprovecha que mi madre está de espaldas, cacharreando en el fregadero, para coger de la mesa de la cocina el único Phosquitos que queda. Después, me ha mirado con su odiosa cara de triunfo y acné incipiente, le ha dado un beso a mi madre y ha desaparecido por donde había entrado. Ya sólo había un pastelito dispuesto a convertirse en mi merienda en aquella casa: una Pantera Rosa. El rosa es cursi, dulzón, pretencioso… El rosa es el color de los chicles de fresa, de los que se mastican una y otra vez y sirven para dar asco cuando lo colocas en la lengua y abres la boca para que todo el mundo lo vea. Los chicles rosas deformados a veces se parecen a los culos de las niñas enfermas, de las niñas que quieren enseñar su culo siempre gratis. Una vez más, me he enfadado con mi hermana.

- Vaya te quedan pocas opciones –ha dicho mi madre mientras sonríe y lanza una mirada furtiva al pastel con nombre de personaje de dibujos.

- No me gustan las Panteras Rosas –le he dichoo con el ceño muy fruncido.

-Bueno, te prepararé un bocadillo de miel –me ha sugerido, y ha recibido mi sonrisa sin un diente como respuesta.

Pero una sensación de desamparo sigue llenando mi momento previo a la merienda. Lo peor de aquel asunto es que mis hermanos saben de sobra que es el pastelito que menos me gusta es el de la Pantera Rosa, así que no cabe duda: lo han hecho para hacerme rabiar y, seguramente, se han puesto previamente de acuerdo en contra mía. Ver aquella cosa de color rosa con algo blanquecino por dentro me recuerda a la plastilina que algunas veces utilizamos en clase de Pretecnología para hacer manualidades y, por alguna razón, aquella golosina nunca sacia mi ansia de dulce como puede conseguirlo el chocolate del Phosquitos, por ejemplo. Pese a todo aquello, me he quedado callada y he mirado a mi madre con cara triste, mientras mi cabeza ya empieza a maquinar la venganza pertinente a semejante ultraje.

Me he dirigido a mi habitación mientras mi madre llena de miel dos grandes rebanadas de pan entre las que después pondrá algún fruto seco (al menos eso sí me gustaba). He mirado de reojo a mi hermano y le he escuchado soltar una risita irónica que me ha puesto los pelos del cogote de punta. Quico tiene sólo un año menos que yo, pero a veces sabe cómo hacerme sentir realmente hundida. He intentado no inmutarme y he entrado en mis dominios presididos por mi cama azul. He mirado en la papelera y me he dado cuenta de que mis sombreros de fiesta de la Nancy han desaparecido y he notado cómo la rabia ha creciendo en mi interior. Me he sentado en la esquina de la cama. La impotencia que he sentido ha empezado a materializarse en unos suspiros furtivos que salen con cierta fuerza por mis dos fosas nasales. He intentado tranquilizarme y, de repente, alguien ha llamado al timbre.

- ¡Quico! –ha gritado mi hermana mayor- ¡Es Tigretón y dice que si sales un momento, que tiene que darte no sé qué para lo lleves cuando puedas a no sé dónde!

Mi hermano ha salido como un huracán, ha apagado la luz y ha gritado en voz alta que se va con él y que estará en casa antes de la cena. La puerta se ha cerrado de golpe y los he visto alejarse mientras corrían y se daban puñetazos en todas partes. Siempre andan tramando algo a escondidas, así que todos los que hemos oído vociferar a mi hermana hemos sabido que sólo se limitaba a transmitir de forma bastante imprecisa una mala excusa tras la que se oculta una fase más de alguna nueva fechoría de mi hermano y su amigote.

¡Los muertos no los necesitan!




Con mi cartera de pato a la espalda, y dando patadas a las piedras del suelo para celebrar que éste no era un día de manoletinas y calcetines de los que luego pican, he emprendido sola el trecho que separa la casa de Aurora de la mía. Para ir al colegio, cojo el autobús con mis hermanos. Pero para volver, es habitual que Aurora y yo optemos por ir caminando, ya que es mucho más divertido y nos deja más tiempo para hablar.
Mientras mis pasos pequeños y juguetones acortaban el camino hacia casa, mi mente no paraba de remover en un gran perol de incertidumbre posibilidades para salvar mi diente sin perjudicar a Lupe. No sé muy bien por qué tengo que ayudarla, pero una mezcla de compasión y responsabilidad caminaba a mi lado mientras intentaba que mi cerebro diera lo máximo de sí, una mezcla de sentimientos que sigue presente en mí mientras escribo en mi cuaderno azul.
He doblado la esquina para acceder a una de las callejas estrechas y empedradas que llegan hasta la Plaza Mayor y, bajo un manto de moscas y mal olor, me he topado con un gato muerto. Me he quedado parada para observarlo. Aunque lo he oteado desde lejos, me he quedado un rato largo mirando el cadáver del animal, la sangre que manchaba el suelo y los insectos que zumbaban a su alrededor y entre su pelo. Un hombre gordo con una escoba descomunal y un bigote de similar tamañoha cubiertode pronto el cuerpo inerte del bicho con varias hojas de periódico. Es uno de los barrenderos del pueblo, el Barrendero Asesino,le llamábamos.
- ¿Qué? ¿Era algún amigo tuyo? –me ha dicho mientras introducía el gato semi aplastado por la rueda de algún coche en su carrito.
- No, no lo conozco de nada –le he espetado, en tono más impertinente de lo que quise haber hecho.
El Barrendero Asesino se ha reído sonoramente y yo he seguido adelante por la callejuela, desde la que ya podía ver mi casa. Mientras los libros, los cuadernos y el estuche saltaban dentro de mi pato-cartera, mi mente ha empezado a ver alternativas al tema único del día. He pensado en el gato. En cómo el barrendero obeso lo cogía. En las moscas. En la muerte. Y he pensado que los muertos ya no hablan, no enseñan el culo, no piden la hora ni hacen gimnasia con o sin zapatos. Y, lo más importante, los muertos no necesitan dientes para comer, ni siquiera para que el Ratoncito Pérez se acuerde de ellos. He recordado el día en que Aurora encendió ilusionada la luz del despacho de su padre. He hecho un recorrido imaginario por el orden extremo en que los libros colmaban las estanterías y mi construcción mental de aquel espacio ha llegado al que podía ser el destino idóneo para terminar felizmente con todo este embrollo: la calavera de un muerto de verdad que antes había estado vivo. Pero mi memoria visual presenta una pequeña, aunque fundamental, laguna: aquel cráneo... ¿tiene dientes?

Una decisión dental...

Ha sonado el timbre. Las dos hemos salido corriendo. Durante la carrera, he lanzado la mitad de mi bocadillo interminable a la papelera. Ha caído dentro. Me he relamido y he metido la mano en el bolsillo para evitar que el trozo de diente se saliera con tanta prisa.

Sé a lo que se refiere Aurora. Pero no lo quiero dar a entender. Sé que lo que pretende es que le dé mi diente a Lupe para que el Ratoncito Pérez le traiga un regalo en condiciones. Pero mi diente es mío, mío y de nadie más, y el pedacito, de Lupe: su pedacito.

Hemos entrado en clase y nos hemos sentado en nuestras respectivas sillas. Doña Teresa ha entrado por la puerta con un gesto serio. Un murmullo ascendente ha recorrido toda la clase hasta que doña Teresa ha dejado caer sus libros de Ciencias Naturales encima de su mesa, momento en el que el silencio nos ha rodeado a todos. Antes de empezar a dar la clase, se ha dirigido a nosotros con una voz seria y profunda, poco habitual en ella, y con un toque de teatralidad imposible de descifrar para oyentes aún con dientes de leche, y nos ha dicho:

- Niños, vuestra compañera Lupe sigue en el Hospital. Todavía no tenemos ninguna noticia más, así que en el momento en que sepamos algo más, os lo haremos saber.

Todos nos hemos quedado callados con graves expresiones de seriedad infantil coronando nuestros babis mientras intentamos asimilar que aquel balonazo ha sido más grave de lo que en un principio parecía. He metido mi mano de niña en el bolsillo del babi y he acariciado el pedacito de diente de Lupe. De repente, una inmensa tristeza se ha apoderado de mi gesto y he empezado a considerar la oferta tácita de Aurora. Quizá lo mejor es darle mi diente para que el Ratoncito Pérez le traiga el regalo que se merece. Después de todo, a nadie le gustan los hospitales ni los médicos, a no ser que se trate de tu día de suerte y te den una piruleta, una de esas de fresa, de las originarias, porque las posteriores con más sabores no tienen la misma personalidad cítrica y azucarada.

-Pobre Lupe –me ha susurrado Aurora al oído, mientras yo me planteo la posibilidad de darle mi diente.

-Sí, pobre… –he respondido.

Aunque si lo pienso en frío, no entiendo por qué tengo que dar un diente a alguien que se ha limitado a ofrecerme sus esperpénticos gestos obscenos y a obsesionarme con aquellas ganas terribles de enseñarme su culo...

Los profesores responsables de las demás asignaturas de la jornada escolar, han pasado por la tarima casi de puntillas, sin que apenas pudiera asimilar los nuevos conceptos convertidos en trazos de tiza que han desfilado ante mí durante las horas siguientes. Sólo puedo pensar en Lupe y en su diente. Incluso, a veces, ronda por mi mente el asunto de su culo, aunque de forma huidiza y más bien secundaria.

Aquel mediodía, el suceso ha llegado a oídos de todos en el comedor escolar. De todos los babis azules, al menos, puesto que los verdes tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos que el pedazo de diente extirpado en el gimnasio aquella mañana. Las horas han pasando y todos nos hemos preguntando qué le estará sucediendo a la desdichada Lupe en aquel inmenso hospital repleto de personajes de pesadilla y olor a desinfectante.

La última clase ha dado comienzo por fin. Mi cabeza sigue removiendo las mismas ideas, las mismas imágenes, los mismos datos: una niña con medio diente y mocos sobre los labios, un hospital de pasillos inmensos y médicos con jeringuillas, el Ratoncito Pérez en su base de operaciones, mi diente perfecto y blanco, un culo…

Por un momento, me he permitido pensar en él, sólo en el culo de Lupe. No he podido evitar imaginarlo como un chicle Boom usado, de color rosáceo, pero muy masticado. Sin forma precisa y con unas curvas algo libidinosas para una niña tan pequeña como Lupe. En mi mente, el culo de chicle ha comenzado a ser masticado por una boca invisible que lo deja cada vez más desinflado y deforme, de modo que lo que en un principio puede haber atesorado la intriga y la atracción de lo oculto y prohibido, de pronto ha comenzado a adquirir matices de enfermedad, tragedia y duelo.

El timbre que anuncia la salida del colegio se ha perdido entre el griterío anterior al correteo habitual y al sonido de libros dentro de las carteras. Yo he permanecido con la mirada perdida en la inmensidad verde caqui de la pizarra, sobre la que mi imaginación sigue dando vueltas a aquella imagen absurda del culo elástico y rosa lleno de huellas de dientes. Un leve codazo silencioso de Aurora me ha hecho reaccionar y posar de nuevo las deportivas con lazos desiguales en el suelo de lo real. Es hora de volver a casa, así que yo también he comenzado a llenar mi cartera con silueta de palmípedo. Apenas recuerdo nada de la última clase. He empleado una enorme parte del tiempo en pensar, en buscar una solución, en darle vueltas al trocito de diente de Lupe dentro del bolsillo de mi babi y en emprender a una nueva estrategia que sustituyera la peligrosa opción de cederle mi amuleto, el que aún yace bajo la almohada de mi cama azul, a mi malograda compañera de clase.

De camino a casa, Aurora y yo apenas hemos hablado del tema. Es como si ella, después de haber dejado caer su idea, quiere concederme tiempo para que la medite, consciente de que se trata de un sacrificio que cualquiera no está dispuesto a llevar a cabo. Hemos charlado de otros temas, de cosas banales, de asuntos sin importancia o, al menos, de menor trascendencia que todo aquel enredo del dichoso diente de leche seccionado para siempre. Hemos hablado de otras niñas de clase, de nuestros propósitos para el verano, incluso de aquel tesoro que habíamos escondido meses atrás entre unas rocas, cerca de un depósito de agua del pueblo con inexplicable forma de biberón. Aquellos habrían sido asuntos importantes, de no ser porque sobre nosotras flotaba un recuerdo, una responsabilidad, un plan futuro. Y todo, por un diente. Ni siquiera un diente entero, sólo un trozo. Un diente y una niña. Un culo. Un CULO GRATIS. Y un Ratoncito Pérez que aún no tenía claro si incluir a Lupe y a su culo, ahora casi enfermo, en su lista de agraciados.

Hemos bajado del autobús y hemos iniciado, en silencio, el camino hasta casa. He dejado a Aurora en su puerta y nos hemos despedido con las palabras de siempre. Es todo un ritual:

- Y cómete todos los macarrones, no dejes ni uno –me ha dicho ella, por vez número dos millones.

- Y tú todos los guisantes con jamón.

Esta es nuestra despedida desde que, una vez, al poco de conocernos, Aurora utilizó la frase de los macarrones como una broma más, justo el día que mi madre había preparado una enorme cazuela de macarrones con tomate para comer. Ella lo soltó así, al azar, como hacía tantas veces (no siempre pensaba tanto las cosas) y, por alguna razón, acertó. Lo mismo me sucedió a mí en el caso de los guisantes con jamón porque, ese día, a Aurora le esperaba ese menú sobre la mesa. Estuvimos semanas riendo al recordar la coincidencia y, sin un acuerdo previo, la despedida quedó institucionalizada para ambas, independientemente del contenido de nuestros platos y de la hora del día o de la noche en que nuestro adiós tuviera lugar...