LA SEÑORITA MORCILLA (I): Romance con un dedo gordo
El dedo gordo del pie izquierdo de la señorita Morcilla Méndez comenzó a decir sus primeras palabras un quince de junio. Era media tarde, y el sol entraba medio rezagado por las rendijas de la vieja persiana de madera cuando, sin previo aviso, el dedo gordo de la señorita Morcilla Méndez, vestido con su caperuza de uña pintada de intenso rojo medio craquelado, dijo:
-Señora, esto tiene que acabar.
La sorpresa de la señorita Morcilla fue grande, pero no desorbitada, puesto que ya había escuchado largas historias sobre dedos gordos de los pies parlantes en las noches que había pasado junto a la hoguera, en compañía de su abuelo adoptivo Petruzco Calco, durante su infancia en la montaña. La señorita Morcilla se quedó mirando a su dedo gordo, que afloraba de una chancleta verde intenso con más luminosidad que nunca. El dedo volvió a intervenir:
-Señora, estoy diciendo esto muy en serio.
La señorita Morcilla abrió sus labios cubiertos de un gruesa capa de carmín morado con destellos perlados y sólo pudo decir:
-¿Cómo?
-Me refiero al esmalte de uñas, señora –aclaró el apéndice-. Esto es una tortura para todos nosotros y yo, elegido por mayoría absoluta portavoz de los diez dedos de sus pies, e incluso con el visto bueno de los de sus manos, le pido por favor que deje de lado estas prácticas.
La señorita Morcilla recapacitó mientras miraba la alfombra de oso polar que descansaba junto a su colección de pequeños felpudos y, a los pocos segundos, dijo con voz calmada:
-No se apure, no volverá a pasar.
El dedo gordo con uña roja de esmalte desquebrajado sonrió con sonrisa de dedo y la señorita Morcilla respiró tranquila. Ambos permanecieron mirándose fijamente unos instantes. Sólo el tic-tac del reloj con forma de iglú que la señorita Morcilla había heredado de su bisabuela Céfala, tan aficionada a la cultura del ártico, irrumpía en el tibio silencio bañado por las rendijas luminosas de la persiana marrón. Una sensación de paz infinita llenaba el alma de la señorita Morcilla. Su dedo, por fin, rompió con voz galante la quietud que reinaba ya en toda la casa:
-Bueno, y... entonces... ¿qué hacemos esta noche?
La señorita Morcilla cogió aire sobresaltada. Después se rascó violentamente el oído izquierdo con un movimiento de vaivén caracterizado por una velocidad extrema, parpadeó con tanta fuerza que el sonido de sus pestañas postizas retumbó en la sala de estar como si se tratara de unos diminutos crótalos forrados de fino pelo, tosió siete veces y por fin dijo:
-Vaya, supongo que esto es una cita en toda regla.
El dedo guiñó satisfecho su inexistente ojo derecho y apuntillo:
-Una GRAN cita, muñeca.
Y así fue como la señorita Morcilla comenzó una intensa historia de amor justo en el momento en el que pensaba que lo tenía todo perdido, que su corazón no volvería a latir al ritmo del amor y que su persona ya no era digna de compartir un flechazo.
La señorita Morcilla recuperó su juventud perdida y volvió a rescatar a la artista bohemia que llevaba dentro: retomó la fotografía con bellos posados de su nuevo consorte, limpió de nuevo sus pinceles para dar forma a grandes lienzos protagonizados por su enamorado e incluso desempolvó sus gruesas agujas de punto para elaborar, mientras escuchaba su emisora de radio zahorí favorita, todo tipo de calzas y bufandas de gran formato en colores cálidos y llenos de juventud.
Fueron unos meses maravillosos para la señorita Morcilla. Por su parte, el dedo gordo, al que nunca más su atenta “Morci”, como él solía llamarla con voz melosa, volvió a cubrir deesmalteencarnado,se sentía igualmente pleno y lleno de fuerza. Juntos sentían que podían conquistar el mundo. Pero una mañana, mientras la señorita Morcilla tejía una larga y gruesa bufanda de tonos fucsia bajo el asfixiante sol que hacía a penas media hora había terminado de marchitar las últimas flores de las enormes macetas de la terraza, sintió un golpe de frío en su interior: algo estaba cambiando.
La señorita Morcilla se rascó el oído a una velocidad de vértigo, colocó pulcramente las agujas y la prenda inacabada en el cesto de la labor, parpadeó con un sonido de apisonadora y, tras estornudar dos veces y toser otras tres, dirigió una mirada aterrada a su amado “dedito grueso”, como ella prefería llamarlo. El dedo dirigió su uña hacia los ojos de la señorita Morcilla y soportó su mirada durante unos segundos. Después, sin que la señorita Morcilla tuviera que intervenir, el apéndice habló:
-Lo siento, querida. Estas cosas son así... Ya sabía que no podría ocultarte nada.
La señorita Morcilla apartó sus ojos del ser al que más había amado en el Universo, realizó varios movimientos circulares con su cuello a una velocidad supersónica para desanquilosar sus cervicales, enarcó las cejas quince veces tan rápido como lo habría hecho un robot futurista, desencajó la mandíbula en varias ocasiones con chasquidos rápidos y secos, cacareó como una gallina asustada, relinchó a través de la nariz, cogió aire lentamente y, por fin, pudo decir:
-Hay otra persona, ¿verdad?
Su idolatrado dedo gordo bajó sus ojos inexistentes y musitó:
-Así es.

La señorita Morcilla sacó su lengua blanquecina entre treinta y cincuenta veces con tal rapidez que nadie habría podido adivinar si se trataba de una lengua humana o un extraño destello rosado entre sus labios. A continuación, arqueó la columna vertebral como si fuera un puercoespín, colocó los brazos por detrás de su espalda como si llevara encima una camisa de fuerza, giró sobre sí misma sin descanso, enarcó las cejas hasta casi llevarlas a su nuca, chasqueó los dedos con la rapidez y el ruido de una pequeña pero potente locomotora en funcionamiento, castañeteó los dientes durante media hora con tanta intensidad como para perder dos molares, graznó como una garza en apuros, se ventoseó ligeramente y, tras volver poco a poco a la normalidad, comentó:
-Pues hasta siempre, entonces.
Y así fue como la señorita Morcilla Méndez, amante de los temas musicales con reminiscencias zahoríes, pintora autodidacta con pigmentos alimenticios, fotógrafa aficionada desde el vientre materno, tejedora incansable y coleccionista de felpudos procedentes de todo el mundo recibió la noticia de ese “alguien” que entró con fuerza en su vida para trastocar todos sus planes: su juanete.

