Una vez sentadas en el asiento del autobús, he sentido un gran alivio al haber perdido de vista a Lupe y su culo. Se ha convertido en una obsesión y me persigue constantemente. “Al menos por hoy ya me la he quitado de encima” –he pensado aliviada, mientras miraba los edificios pasar a toda prisa a través del cristal de autocar. Pero la palabra GRATIS todavía retumba en mi cabeza como un eco que se repite casi hasta lo sublime o, al menos, hasta el concepto infantil de dicho término.

Ahora mi más alta aspiración es guardar mi amuleto hasta llegar a mi habitación y dejarlo bajo la almohada por la noche. Cuando el autobús de asientos de escay marrón ha llegado a la parada, he corrido hasta casa y he soltado de golpe al pato-cartera encima de mi cama azul. Es azul “niño” porque me había tocado heredar la colcha de alguno de mis primos de Sevilla. No conocemos en persona a ninguno de ellos, pero sabemos que son muchos y que, al menos un par de veces al año, su madre nos manda un enorme paquete con cosas que ellos ya no van a necesitar. Todas las demás camas de niña que he visto son rosa cursi, pero a mí me encanta mi cama azul, mi colcha azul emigrante sevillana. He cogido mi amuleto y lo he depositado donde debe reposar. Mi madre me ha llamado, me ha reñido distraída por el barro que adorna mis zapatos, y me ha dado dinero para ir a comprar unas cosas a la tienda de al lado.

Vivimos en la plaza del pueblo. Tiene un gran parque en el que todos jugamos por las tardes. Hay árboles y rosales, y un gran pino que una vez alguien muy especial plantó sin pensar que crecería tanto.

He entrado en la tienda de Paquita y hay algunas mujeres, así que me he sentado a esperar mi turno. Las señoras hablan de sus cosas, del precio del café, del precio de las patatas, de lo mal que está el campo y de la bajada del precio de las naranjas. Posiblemente la economía de muchas casas se va a resentir a partir de ese preciso momento. Lola está a punto de pagar cuando Paquita le recuerda:

- Mira Lola, con los flanes Dhul te regalan, GRATIS, un vaso de tubo, para el cubalibre.

- ¿GRATIS?, vaya eso sí que merece la pena –responde Lola.

Dios mío, no han pasado más que unos veinte minutos y la terrible palabra ya ha empezado a expandirse por el resto de mi universo. Retumba y retumba, por dos veces seguidas, en mis oídos. De nuevo he sentido la necesidad de hacer mucho pis y han regresado a mi mente los ojos libidinosos de Lupe y su maldito culo. Se han paseado ante mí como una rodaja de melón sonriente. Incluso he vislumbrado un leve flash rosa en forma de su imaginado culo desnudo y frío.

Lola no sólo ha comprado un par de aquellos flanes inmersos en recipientes dorados (esos que yo siempre convertía en sombreros de fiesta para mi Nancy), sino que cogió cuatro lotes.

- A mi suegro le van a encantar. Y seguro que a la Choni también –dice, orgullosa de su compra, mientras coloca todo el material en la bolsa de red con asas, poniendo absoluto cuidado en que los vasos GRATIS no se dañen.

Las demás mujeres han quedado maravilladas con la idea de recibir vasos para el cubalibre así, por la cara, y casi han terminado con el pedido que esa semana ha hecho Paquita a los de Dhul.

Todas las compradoras han adquirido sus productos alimenticios y de droguería (la de Paquita es una tienda muy completa) y han salido del establecimiento. Yo sigo aquí, sola, sentada en el mismo lugar, con la mirada en el suelo y con la palabra GRATIS palpitando en mi recuerdo. Paquita ha recorrido la tienda con la mirada, hasta que me ha descubierto allí, cabizbaja, mirándome los calcetines de ganchillo y pensando en las marcas que van a adornar los empeines de mis pies cuando me quite las manoletinas. Y en cómo me picarán.

- Huy, pues si creí que ya no quedaba nadie –me ha dicho, casi gritando y deformando hasta el extremo el acento con el que las mujeres del pueblo hablan entre sí, tanto desde las ventanas, como frente a frente, incluso si se encontran a menos de un metro de distancia.

Yo me he levantado y me he dirigido hasta el mostrador.

- Quiero una docena de huevos y dos Dalkys de fresa.

- Los huevos, ¿gordos, no? A tu madre le gustan gordos...

- Sí –he dicho tímidamente, mientras sigo de puntillas, frente al enorme mostrador.

- Mira qué gordito –ha dicho la tendera, sacando uno de los huevos de la huevera gris y haciéndolo girar delante de mi cara de niña sin otro diente más en mi sonrisa extraña.

- Y los Dalkys que sean de fresa –le he dicho yo, que empezaba a tener prisa por salir de allí y llegar hasta mi cama azul para tumbarme y pensar en cómo estaba transcurriendo el día.

- Que sí, que de fresa... que ya sé que esos son los que tomáis. ¿Y no le vendrían bien a tu madre unos flanes Dhul?

Me he quedado callada.

- Que son muy buenos para el crecimiento y tú, hija mía, cada vez estás más esmirriada.

He continuado en silencio.

- Pues nada –ha proseguido Paquita-, le dices a tu madre que con dos de estos, un vaso GRATIS. Y bien elegante.

Ha salido del mostrador para darme la bolsa y cogerme el dinero de la mano sudorosa. Tengo el billete doblado una y otra vez, y muy caliente. Paquita se ha reído y ha buscado la vuelta en el cajoncito para las monedas. Me las ha puesto en la mano, he cerrado el puño, y he salido corriendo de la tienda, sin ni siquiera decir adiós. Al cerrar la puerta, he vuelto a escuchar su acento extremo:

- Así está esta muchacha.... De tanto correr, está esmirriada. ¡Por no tener, no tiene ni culo!

Justo lo que menos necesito escuchar. Esa palabra: CULO. Culo de Lupe. Culo gratis. Culo gordo, como los huevos. Gordito. Y regalado, sin tener que aportar nada a cambio. “Y bien elegante” Y sobre todo, GRATIS. “¿GRATIS?, vaya, eso sí que merece la pena” –había dicho Lola, instantes antes de llevarse a casa su gran cargamento de postres de huevo y recipientes para cubatas.

He entrado despavorida en casa. He ido a la cocina y le he dado a mi madre el cargamento de huevos gordos y los Dalkys. Las monedas de la vuelta se me han quedado pegadas en la mano. Con un leve movimiento las he hecho caer encima de la mesa y me he ido corriendo a mi cama azul. Me he tirado en plancha encima de la colcha de niño y he empezado a respirar hondo. No quiero que todo esto trastoque mi universo...