Miro el horario de asignaturas de papel brillante que me regalaron en la librería Austral al comprar los libros de ese año mientras describo a Aurora la perfección de líneas de mi pera de tiza verde, dibujada el día anterior. Nos toca Matemáticas. He buscado el libro en mi cartera de pato y lo he puesto sobre la mesa. Entonces, Avelino ha entrado en la clase. Avelino nos da Gimnasia. Tiene cara de ardilla, está lleno de pecas y su voz es la de un niño atrapado en el cuerpo de un hombre. Siempre lleva el mismo chándal y las mismas zapatillas, o quizá, como tantas veces ha argumentado Aurora, tiene varios de estos uniformes repetidos en el armario y se los cambia cuando llega el momento. Ha subido a la tarima y ha comenzado a realizar ese movimiento que lleva a cabo siempre que tiene que hablar en algún lugar que no sea el gimnasio. Se eleva sobre las puntas de sus pies y vuelve a bajar. Y así una y otra vez. Ha comenzado a hablar, sin dejar su leve bailoteo, y nos ha dicho:

- Bueno, como hoy no ha venido la profesora de Matemáticas, y como teníais Gimnasia conmigo a segunda hora, vamos a tener dos horas seguidas de ejercicio. Ale, nos vamos.

Ha habido algunos comentarios positivos y otros en contra. Y justo en ese instante, la puerta de la clase se ha abierto y Lupe ha asomado su cara de fatiga y ojos enormes. Nadie la ha visto, ni siquiera Avelino. Sólo yo. Llega tarde, como tantas veces, y viene sudorosa y jadeante. Pensaba que llegaba tarde a Matemáticas, y quizá ya ha imaginado la consecuente reprimenda por ello, pero se ha alegrado al ver que nuestro destino es el gimnasio y se ha soplado el flequillo de pelo negro, lacio, que le cae sobre los párpados. Viene con chándal y zapatos. Sucios, pero zapatos. Viejos, pero zapatos. Con tapas desgastadas, pero zapatos. Dos números más grandes (heredados, posiblemente), pero zapatos. Zapatos para hacer gimnasia. Muy de Lupe.

Aurora y yo hemos corriendo en dirección al gimnasio, lo que me ha ayudado a perder de vista, al menos por un momento, a Lupe y su CULO GRATIS. Avelino “Cara de Pino” nos está esperando en la puerta del gimnasio jugueteando con las llaves entre sus dedos debiluchos rematados por uñas mordisqueadas. Nos ha hecho pasar dentro uno a uno y por orden de lista. Le encanta el orden. Siempre lleva los calcetines doblados por la misma raya roja, de forma que puede verse primero la azul y luego la roja. Los cordones de sus zapatillas siempre tienen un lazo perfecto, con los ojos del mismo tamaño. A mí nunca me salen como los suyos... En mis zapatillas siempre hay uno más largo que el otro. Por mucho empeño que pongo en hacerlos iguales, al final me canso y los dejo como están.

La sesión doble de Gimnasia comienza con un partido de fútbol. Aunque el número de alumnos sobrepasa en mucho el de dos equipos de fútbol normales, de los de toda la vida, Avelino se empeña una vez más en hacer dos equipos. Dos equipos de veinte cada uno. El delegado, Gonzalo “Cara Plana”, y el subdelegado, Jorge “Chupolet”, se encargan de hacer los equipos. Los nervios empiezan a hacer mella en mí.Empiezo a sudar y a notar que mi vejiga se llena cuando me he permitido vislumbrar la posibilidad de que me toque formar parte del grupo de Lupe y su culo.

La organización sigue adelante hasta que se pone de manifiesto que somos impares, por lo que está claro que sobra uno de nosotros (aunque yo pensaba que Lupe y su culo valían por dos). Y ha sido precisamente ella (junto con su culo) la última en ser elegida o, más bien, la que no quería seleccionar nadie. Así que Avelino “Cara de Pino” ha echado un vistazo a los zapatos con suela de cuero dura llenos de raspaduras de Lupe y ha decidido que se sentara en la banda y actuara como reserva.

Aunque en un principio parece tremendamente aliviador verla ahí, quieta, pronto me percato de que no para de mirarme obsesivamente con sus grandes ojos libidinosos, mientras me hace gestos raros que yo no pretendo, por nada del mundo, entender. Disimulo y no quiero mirarla para nada, pero la tentación es más grande que mi voluntad.

Avelino ha pitado el inicio del partido y el balón ha empezado a rodar por el suelo tropezándose con multitud de zapatillas polvorientas, algunas de ellas, incluso, con agujeros en la puntera, por donde asoman dedos gordos enfundados en calcetines que alguna vez pudieron ser blancos. Pero ahí sigue la pelota, móvil, sin detenerse, rodando y disfrutando del griterío de los dos equipos de veinte miembros. A veces no se sabe por dónde está el balón, porque obviamente, con tantas piernas, pies, zapatillas polvorientas y dedos gordos al aire, es imposible adivinarlo. Pero hay una chiquillería multitudinaria con tres rayas blancas en sus chándales de fibra sintética que se mueve toda, en masa, en el mismo sentido, así que todos imaginamos que el balón se halla entre tanta acumulación de pies. Intentamos chutar y la mayoría de las veces sólo notamos que el pie nos rebota contra el de otro niño. Pero insistimos una y otra vez, es divertido intentar acertar.

Como sucede en todas las clases, también nosotros tenemos a una futura promesa del balompié, y ya todos le vemos jugar en la selección junto a Arconada y Juanito. Ese es Paco Madrid. Es muy revoltoso, pero tiene un toque de balón fabuloso. Siempre queremos que nos toque en nuestro equipo, obviamente. Y esta vez sí está en mi equipo. Tras varios intentos fallidos, Paco Madrid, el niño prodigio del fútbol escolar de mi escuela y mi universo infantil, ha obrado el milagro de golpear la pelota con lo que parece uno de sus toques maestros.

El balón se ha levantado del suelo, por fin, y todos lo hemos seguido con la mirada. Ha hecho un gran arco desde el pie de Paco Madrid en dirección a la portería contraria. Todo nuestro equipo ha mantenido el aliento para poder cantar gol más fuerte que nadie y hacer rabiar al otro grupo. Pero lo que en tiempo real ha debido durar unos tres o cuatro segundos, para a nosotros, fácilmente, se ha convertido en dos horas de espera. Todo en aquel pequeño pedacito de mundo ha comenzado a transcurrir a cámara lenta, incluida la mirada de Avelino “Cara de Pino”, los gestos de Lupe y la simple existencia de su culo. Nadie ha previsto ese desenlace, nadie ha imaginado que tendría que tragarse el grito de gol y emplear todo el aire recabado por la emoción en un suspiro de sorpresa temerosa. El balón ha ido a rebotar en plena cara de Lupe, que seguía haciendo muecas morbosas únicamente para mí, porque ella sabía que soy yo la única que la miraba furtivamente. Tras el estruendo, todo se ha quedado quieto menos los gestos de Lupe, que han pasado de ser escabrosos a mostrar una puñalada de auténtico dolor que parecía infinito. Avelino “Cara de Pino” ha salido corriendo hacia donde ella (y su culo) se encontraba y ha observado cómo, entre sollozos, saliva, sangre y mocos, asomaba la mitad de un diente partido.