Al instante, una risita malvada ha iluminado mis labios: mi plan de venganza ya estaba en marcha. Me he levantado de un brinco de mi cama azul niño y he entrado muy despacio en la habitación de mi hermano, sin hacer ruido para que nadie sospechara. Mi padre estaba a punto de llegar del trabajo, así que tenía que actuar con rapidez y exactitud. He echado un vistazo por todo el cuarto buscando la víctima de mi dulce venganza y ahí estaba, mirándome fijamente sin pestañear y alardeando de una vestimenta militar de camuflaje. Nada que ver con el mono verde que tenía el mío. Me he dirigido hacia él sigilosamente y lo he cogido de un brazo con cierto desprecio. He salido por donde había entrado y me he deslizado hasta mi habitación. Para llevar a cabo mi venganza, antes debía pasar por el lavabo. En primer lugar, para eliminar la orina que la emoción y los nervios habían ido acumulando en mi vejiga sin previo aviso y, en segundo, para conseguir el arma con la que pondría el broche dorado a mi hazaña. He salido del lavabo y me he dirigido hacia mi habitación como si nada estuviera tramando. He sonreído furtivamente, he cogido el Geyper Man de mi hermano, le he pasado la maquinilla de afeitar Gillette de mi padre por esa barba tan preciada para todos y le he quitado la mitad de un tajo. He sonreído de satisfacción y he vuelto al lavabo a dejar en su sitio el instrumento cómplice de mi venganza. He regresado a mi habitación, he cogido el muñeco y he asomado la cabeza hacia el pasillo para ver si había alguien que me pudiera ver. El terreno estaba despejado. He entrado de nuevo en el fuerte de mi hermano y he intentado colocar el Geyper Man en su posición original pero, esta vez, sin un trozo de barba de la parte derecha de la cara de plástico. Yo sabía que, en casos como aquel, tenía que dejar las cosas tal y como las encontraba porque, si no, era fácil que me descubrieran. Mis trabajos de venganza solían ser bastante más limpios que los de mis hermanos, que siempre presentaban algún odioso matiz de descaro y libertinaje. Y si alguno de ellos intentaba mancillar el universo de mi habitación con cama azul, ya podía prepararse, porque era capaz de demostrar ante el tribunal formado por mis padres todas y cada una de las pruebas que lo inculpaban. Mi cuarto estaba lleno de pequeñas trampas secretas que me permitían saber cuándo alguien se atrevía a hurgar en mis cosas. He cerrado detrás de mí la puerta y me he dirigido al a cocina, donde me esperaba un bocadillo de miel, pasas y cacahuetes para merendar. Me he bebido el vaso de leche que mi madre había colocado junto a él, he cogido el bocata y he vuelto a mi habitación para intentar concentrarme en mis deberes sin que todo aquel lío de Lupe me diera mucho la vara. El tiempo ha volado a toda prisa y, cuando estaba terminando el último ejercicio de sumas y restas, mi madre nos ha llamado a todos para cenar. He llegado hasta el comedor, donde ya nos esperaba a todos la enorme cazuela de judías verdes. Pero mi primera misión ya había sido resuelta a primera hora de la tarde. Una ligera mueca de satisfacción asomaba por mi cara de niña, completamente envuelta por el vapor salado y tibio que emanaba del perol blanco decorado con una greca hecha a partir de dibujos de verduras y hortalizas, rebosante de judías. Mis hermanos y yo hemos comido las odiosas verduras a regañadientes y en absoluto silencio. Como en otras ocasiones, se ha puesto en marcha una competición tácita que tendría por vencedor al primero de todos nosotros que lograse dar fin a semejante tortura para el paladar. No importaba el nivel de masticación al que las judías fueran sometidas, sólo tenía relevancia el tiempo empleado en hacer desaparecer la comida del plato. Yo no era especialmente virtuosa en aquel tipo de concursos, y sabía que quedar la última llevaría consigo burlas inminentes, pero cada vez que miraba mi plato con cosas verdes recordaba el Geyper Man de mi hermano vestido de aquellos mismos tonos y semi afeitado. Regodearme en mi plan perfecto en sí mismo era una recompensa que multiplicaba al menos por cuatro la velocidad a la que las judías desaparecían de mi boca pequeña y sin un diente...
Mi hermano había pasado por su habitación antes de sentarse a la mesa, probablemente, para dejar en ella eso tan importante que su amigo Tigretón tenía que darle a toda costa. Pero la visita a su cuarto tras la reunión con su amigo de líos, juegos y peleas había sido de apenas unos segundos, únicamente el tiempo suficiente para esconder en la habitación una parte de lo que en aquella ocasión se traían entre manos. No había reparado en su Geyper Man. No había percibido cambio alguno en su fisonomía. Nada extraño le había llamado la atención en su cuarto ni en su muñeco. Y mientras, la victoria seguía transformando el sabor de las judías entre mis dientes de leche, los pocos nuevos que ya tenía, y mi lengua deseosa de terminar el plato de trocitos verdezuelos. Pero otra vez volvió a ganar mi hermano, que ha corrido a la nevera para hacerse con el único Dalky de fresa que quedaba, no sin antes abrir su boca con la última cucharada de comida medio masticada en su interior en un pase exclusivo para mí. Mientras quitábamos la mesa, he escuchado a mis hermanas cuchichear algo entre ellas y después han soltado una leve risita. Sabía que algo había pasado entre una de ellas y alguien más. Continué como si no hubiera pasado nada y, al ver que se metían en su habitación compartida y cerraban la puerta sigilosamente, las seguí con esa atenta mirada que al parecer delataba cuándo estaba dispuesta a lo que fuera por averiguar un secreto ajeno. Me he acercado hasta la puerta, y he pegado el oído en la superficie de madera. He podido escuchar cómo mi hermana Elvira describía alborozada las nuevas sensaciones que había experimentado al rozar su mano con la mano de Luisete. Acababa de cambiar de nombre. De Luis pasaba a ser Luisete y eso me olía mal, casi tanto como los pies del dichoso “Luisete”. No sé por qué motivo odiaba tanto a ese melenas rubias que se las llevaba a todas de calle. Lo odiaba y punto. Mi entrecejo tomaba una forma extraña cada vez que escuchaba su nombre retumbar en los labios de mi hermana Elvira. Me he tranquilizado y he seguido escuchando... - Además, le gusto, me lo ha confesado – ha espetado mi hermana Elvira con un tono de voz algo peculiar. - Menos mal que ya se ha declarado...-ha contestado mi hermana Angustias con cierta desgana. - Sí, y ¿sabes qué?, su padre es dentista... - ¿El padre de Luisete es dentista? –ha exclamado mi hermana mayor-. Vaya, seguro que gana mucho dinero. Más que papá... ¿Dentista? Esa palabra ha retumbado en mis oídos como el milagro que Aurora y yo esperábamos para solucionar el problema de Lupe. Quizás aquello me libraría de donar mi amuleto de leche a favor de la dueña del culo más contemplado de la clase. DENTISTA. Esa noticia se la tenía que contar a Aurora cuanto antes. Esa misma noche he tenido una pesadilla que no parecía terminar. He soñado que Lupe volvía al colegio después de salir del hospital, donde le habían vendado toda la cara a consecuencia del fuerte golpe propinado por Paco Madrid. Venía muy contenta y no paraba de dar saltos de alegría y de contarnos las maravillas de aquella clínica tan estupenda. Traía una mochila nueva que le habían regalado los doctores y una enorme bolsa de plástico llena de chicles de fresa. Orgullosa de su premio, comenzó a repartir chicles para todos y, cuando llegó mi turno, me di cuenta de que el paquete estaba lleno de chicles masticados que todo el mundo comía de forma obsesiva. Incluso muchos de ellos se los tragaban y le suplicaban a Lupe una ración más de aquella golosina tan adictiva. Nadie parecía darse cuenta de que los chicles ya habían sido mascados previamente. Ni siquiera Aurora, que tenía un puñado gigante del que se empeñaba en que comiera. De pronto Lupe se volvió hacia mí. Ya no tenía vendas en la cara, pero sí un horrible rostro parecido al del pobre gato aplastado en plena calle que el “Jardinero Asesino” había hecho desaparecer del pavimento el día anterior. Miré a mi alrededor y vi cómo todos mis compañeros de clase estaban empezando a perder los dientes por culpa de aquellos chicles asesinos. Lupe me observó fijamente y me dijo en voz baja, mientras acercaba una enorme bola de chicle ensalivado hasta mis labios: - ¿No quieres probar uno? Venga… pero si son GRATIS. Eché a correr por el colegio seguida de Lupe, que me persiguió durante toda la noche. Yo corría y corría sin mirar atrás, pero sabía que ella estaba allí, a escasa distancia de mí, con su chicle fulminador de dientes y, probablemente, con el culo al aire sólo para mí...

qiero qesea un viro