Hemos entrado corriendo en clase y nos hemos encontrado con una desagradable sorpresa: Doña Amparito estaba junto a la pizarra y se disponía a decirnos alguna cosa. Nos hemos sentado en nuestro sitio sin apenas respirar para no llamar su atención:

—Vuestro profesor no ha podido venir, está malo. Así que vengo yo. Haced lo que tengáis que hacer.

Acto seguido empezó a pasearse por la clase sorteando los pupitres con un orden que desconcertaba y asustaba a la vez. Con sus pasos marcados por su mal genio y por su bigote incipiente. Aurora y yo nos hemos mirado y hemos sacado, con una rapidez vertiginosa, el cuaderno de mates para acabar los problemas que se nos habían quedado por resolver.

 

Doña Amparito se caracterizaba por su mal carácter y por su entrecejo fruncido, por su pequeñez y por lo encrespado de su pelo y de su voz. Todo, absolutamente todo le molestaba: si te sentabas, porque te sentabas, si estabas de pie, porque estabas de pie, si sacabas punta al lápiz, porque sacabas punta al lápiz, si escribías vaca con b o burro con v, porque escribías vaca con b o burro con v, así hasta el infinito elevado a lo sublime. Refunfuñaba por cada cosa que hacías y lo peor de todo era que sus gritos se oían desde miles de calles más allá. Doña Amparito aparecía cuando el profesor que tenía que venir estaba malo. Y como ella era mala, pues venía en su lugar. Esta era una de nuestras teorías —de Aurora y mía, claro—, además de que pertenecía a «El club de las bujas atónitas». Ella lo presidía, sin duda. Doña Amparito y las cuatro maestras que pertenecían a «El club de las brujas atónitas» era un corpúsculo ensordecedor. Sabías por donde estaban porque se escuchaban sus sonidos chirriantes de voz a gran distancia. Eso nos servía para localizarlas y coger atajos para no encontrarnos con ellas. Odiaban a los niños. Siempre nos hemos preguntado por qué eligieron esta profesión, si no les gustaban los niños. Tenían un código secreto —todavía hoy no lo hemos podido demostrar, pero sabemos de su existencia—. Cuando algún tema les interesaba se notaba por dos motivos: lo comentaban entre murmullos silbantes, además de que al acercarnos a ellas, callaban con un disimulo poco disimulado. Y así surgió el juego de «bajar el volumen», lo bajábamos voluntariamente aproximándonos a ellas una y otra vez para que callaran y empezaran a hablar, de nuevo, cuando estábamos a una distancia prudencial —siempre según su criterio, porque no sabían que nosotras las escuchábamos de todos modos—; y el otro motivo era que no dejaban de decir una y otra vez, alternando entre ellas, con una cara de rutinaria sorpresa y con un tono alargaaaaaaado «¡m e   d e j a s   a t ó n i t a!» ...

 

Aurora y yo hemos estado toda la clase haciendo los problemas de mate sin rechistar. Nos hemos pasado alguna nota sin que Doña Amparito se diera cuenta. Pero lo que más me ha incomodado es que Aurora ha insistido mucho en querer averiguar quién es el que le ha escrito esa misiva furtiva con un corazón hortera. ¿Por qué le habrá entrado ahora ese interés por los corazones horteras?...